Grandes romances en la historia de México

Ah, el amor… esa cosa esplendorosa que nos conduce al más alto nivel de emoción, quizá un cliché o una oportunidad, en todo caso, siempre se encuentra lleno de anécdotas dignas de contar, en espera de que una de ellas se convierta en “la más grande historia de amor jamás contada”.


En México tenemos grandes romances que inician desde nuestro pasado prehispánico: El gran idilio de los volcanes, Popocatépetl e Iztaccíhuatl, guerrero él, princesa ella, quienes se profesaban un profundo amor y quienes fueron prometidos en matrimonio si él regresaba victorioso de la batalla, pero el rival de amores le dijo a la princesa que su prometido había muerto en la guerra y ella murió de inefable tristeza. Popocatépetl al regresar encontró a su amada y le mandó construir una gran tumba ante el sol, juntó diez cerros y en la cima la recostó, mientras él con una antorcha humeante se arrodilló ante ella y veló su sueño eterno. Desde entonces permanecen juntos, con la nieve y la muerte cubriendo sus cuerpos, y el corazón de él con el fuego de la pasión eterna que continúa arrojando fumarolas recordando a su amada y su recuerdo perenne e imborrable.

En la época virreinal, un gran romance fue el del conquistador Hernán Cortés y la joven indígena nahua Malintzin, ella fue entregada a Cortés como un regalo y sobresalió por su inteligencia y habilidad como intérprete. Se dice que Cortés quedó prendado de ella a tal punto que prohibió a su esposa legítima venir a México durante mucho tiempo, y Malintzin se convirtió en Doña Marina al volverse al catolicismo y en amante del conquistador. Tuvieron un hijo llamado Martín y en honor a ella Cortés mandó construir una hermosa casa que se encuentra en la calle de República de Cuba y en donde habitó Doña Marina con el esposo que Cortés le obligó a aceptar, impidiendo con ello la continuación del amor compartido.


En un referente histórico posterior encontramos el gran romance entre el poeta Amado Nervo y Ana Cecilia Dailliez, quienes se conocieron en París y él con su fama de hombre moderno y poco dispuesto al matrimonio la invitaría a una aventura, a lo que ella respondería que no era mujer de una noche y él preguntó ¿Para cuánto tiempo eres?, ella respondió que para toda la vida… y así fue. 10 años de un inmenso pero secreto amor, alejado de las tribulaciones cotidianas y del status quo de la época: un romance que terminaría con la muerte de ella 10 años después y que inspiraría los versos más tristes depositados con fervor y con lágrimas de anhelos rotos en la Amada inmóvil.


Finalmente, y en una época contemporánea, el gran romance de Jaime Sabines y Josefa (Chepita) Rodríguez, los que callaban el amor en el silencio más fino, 55 años de romance y 46 de matrimonio, acompañados de poesía y belleza, de distancia y suplicio, al que finalmente Jaime cedería dejando una nota que decía: “Claudico, te espero en la joyería La Princesa que está en la calle de Tacuba, todas las tardes desde las cuatro de la tarde”. Pasaron meses antes de que Chepita se presentara, pero lo hizo y desde entonces y hasta la muerte del poeta ellos eran los que buscaban, los que sabían que si el amor, como todo, es cuestión de palabras, acercarse a sus cuerpos era crear un idioma, ellos eran los amorosos.

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