El sabor de la casa de la abuela

Actualizado: ene 8


A cuatro horas de la Ciudad de México se encuentran Orizaba y Córdoba, dos ciudades hermanas, cada una hermosa y diferente, coronadas por el Citlaltéptl o Pico de Orizaba.

A los ojos de una “chilanga” donde la contaminación ya no nos deja observar el cielo, quedo maravillada por las mariposas y hasta del más pequeño escarabajo que se cruza por mi camino y del olor de la naturaleza. La vegetación en cada una es abundante pero diferente; en Orizaba la vegetación es de un verde fuerte montañoso y con neblina, mientras que en Córdoba hasta la casa más sencilla se embellece con flores silvestres.

Orizaba siempre vigilada por el cerro del borrego, es la tierra donde nació Cri-Cri, -que tristemente ya los pequeños de hoy no lo conocen a profundidad. La ciudad rodeada de montañas gigantescas que abren el camino hacia las cumbres, es un pueblo mágico que tiene varios atractivos turísticos como el teleférico, el paseo del río, el museo de Cri-Cri; la Fundación Mier y Pesado con una excelente oferta gastronómica; el parque sonrisas para los más pequeños o las diversas iglesias con un toque de color muy jarocho.

El sonido del tren, “la bestia”, que cruza la ciudad y que se detiene para cargar sus vagones en una fábrica me suena mágico y nostálgico, me vienen a la mente los migrantes en su espalda soñando con una vida mejor.

La otra hermana, Córdoba, la de la leyenda de la mulata, la del café, es tan generosa que los helechos que en la CDMX te los venden caros, allí se dan en terrenos baldíos (jaja). Córdoba no quiere quedarse a la sombra de Orizaba, ella ofrece un sabor casero que me recuerda mi infancia, donde en lo sencillo se encuentra el placer, como recorrer la plaza principal en busca de un sitio donde disfrutar de un buen pambacito con frijoles o de un “lechero” en los portales, para pasar la tarde-noche platicando con la pausa de tiempos añejos.

En esta ciudad, si te dejas engordas con la picaditas, con los bocoles, con el tamal ranchero, o con cualquier guiso rematado de salsa macha.

Los lugares obligados a visitar son el museo del café, la ex hacienda de Toxpan; ir a comprar plantas o comer algo en el centro de Fortín, o darse una vuelta a Huatusco; buscar los ingredientes nativos que no llegan a la CDMX y así regresar cargada de chile chilpaya, chile comapeño, salsitas de chipotle dulce, bombones de café, el respectivo kilo de café y el tradicional torito (aguardiente con frutas tropicales muy pegador).

Actualmente, la ciudad de Córdoba realiza esfuerzos para ofrecer a la población como al turismo, una oferta cultural interesante, los fines de semana tienen una proyección con juego de luces mapping en la fachada del Palacio Municipal, así como eventos de intercambio cultural como el Festival del Folkore Córdoba, donde grupos de danza de países latinoamericanos y africanos llegan a la ciudad a presentarse.

Estas dos ciudades tienen un lugar muy especial en mi corazón, vale la pena irlas a visitar para recordar ese sabor de antaño de la casa de la abuela, -cosas que por lo menos para mi ya no tengo al vivir en el monstruo de las mil cabezas-… y si tienen tiempo láncense hasta el puerto de Veracruz… que ese también es otro cuento.


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