Homenaje a la vida


Y al mismo tiempo… a la finitud de la cual todos estamos a la misma distancia.

Que la gente muera sin previo aviso a consecuencia de un terremoto en unos pocos segundos, minutos u horas, nos remite a lo que realmente importa en la vida. Después de saberse sobreviviente de un gran desastre natural lo primero que uno hace es –sin duda- dar gracias por la vida y al mismo tiempo irremediablemente pensar en que pudimos haber estado en el lugar de quienes se quedaron sepultados entre lozas y fierros y por lo tanto sin vida.

Es verdad que cambia la perspectiva de las cosas cuando uno vive un tremendo sismo. Es verdad que no podemos dejar de cuestionarnos los valores que nos mueven en el día a día. Es verdad que el valor más alto al cuál puede aspirar el ser humano es la vida.

Los días inmediatos se viven como en un impasse. Se reacciona a lo que sigue casi automáticamente pero no se está cabalmente consciente de la dimensión de las cosas. Cuando se agolpan en nuestra mente tantas imágenes de víctimas, derrumbes, pérdidas, sufrimiento, desolación, algo se mueve tan fuerte por dentro de nuestro ser, que en ocasiones nos obliga a restructurar los planes de vida y el sentido que damos a nuestra existencia.

De repente parece ridículo a lo que dábamos tanta importancia, a lo que dedicábamos tanto tiempo, en lo que nos enfrascábamos con tanto ahínco. Se acomoda el alma, se priorizan los afanes y se contempla la posibilidad de vivir de forma distinta, más significativamente. La mochila de emergencia que se nos pide tengamos al lado de la puerta con lamparita, radio, tela adhesiva, agua, botiquín, ropa extra, manta, dinero, documentos, silbato, etc. nos permite también, en un ejercicio imaginario, elegir qué podemos llevar en nuestra mochila emocional de emergencia para enfrentar la vida ya sin los bienes cotidianos y las comodidades diarias siendo damnificados. Es decir, nos invita a pensar de qué recursos internos también podemos valernos en caso de quedar despojados de todo lo material.

Las primeras llamadas después del terremoto que salieron de nuestros celulares nos pueden también indicar quiénes son las personas más importantes en nuestras vidas, por quienes nos queremos hacer acompañar o por quienes nos sentimos responsables. Y con relación a ellas, también sucede algo dentro de nosotros al preguntarnos si realmente les estamos dando el tiempo suficiente, si les ha quedado claro que las amamos y las necesitamos y que no hay mejor momento para que lo noten que cuando estamos de corazón con ellas.

Desde luego sobrevivir a un sismo es una experiencia personal y que por lo tanto cada quien lo vive de manera diferente pero también es una experiencia profundamente colectiva. La gente que se salva agradece estar viva y por ello se vuelca a ayudar al que tiene pérdidas y sufrimiento. Queremos que los otros estén bien al igual que nosotros lo estamos. Los sentimientos de solidaridad, ternura, compasión, unión, tolerancia nos invaden porque se valora mucho que solos no podemos y que solo como humanidad que camina hacia objetivos comunes sabemos que se obtienen las cosas que de verdad valen la pena también.

La tierra se seguirá moviendo y quienes vivimos en zonas sísmicas tenemos que templar bien nuestros nervios, sobrellevar el miedo, la angustia y la incertidumbre. Tenemos que elaborar planes de reacción inmediata, revisar bien nuestras casas y lugares de trabajo, tomar las precauciones que nos permitan estar más tranquilos, y lo demás tenemos que soltarlo.. debemos aprender a soltar sentimientos y pensamientos obsesivos de temor y ansiedad y armarnos de la confianza que nos indica que podremos salir adelante cuando se presente una adversidad.

Los mexicanos hemos rendido una vez más un callado y sentido homenaje a la vida, de nuevo hemos dicho: Sí a la vida… como valor supremo y a pesar de todo.

Que la experiencia vivida no se pierda, solo nos transforme.

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