Un ángel ciclista, una niña promesa y una guerrera invencible


Era un domingo soleado en Paseo de la Reforma, al costado derecho de la Diana cazadora se encontraban estacionadas algunas bicicletas dobles (tándem) bajo un stand que decía: "paseo a ciegas". Me acerqué y descubrí una asociación civil maravillosa liderada por Manuel de la Torre, cuyo objetivo es tenderle la mano a persona con discapacidad visual u otra discapacidad; animarlos a subirse a su bicicleta y darles la oportunidad de sentir el viento en su rostro, pedalear y dar un paseo turístico por la ciudad.

Manuel no está solo en esta tarea, se apoya de personas que más que voluntarios son ángeles ciclistas que comparten su tiempo, confianza y seguridad. Tanto es su entusiasmo por incluir a persona con discapacidad visual a los espacios públicos y actividades recreativas que actualmente no solo dan paseos en bicicleta, también organizan caminatas por el campo, van al cine con descripción, conciertos, teatro entre muchas actividades.

Ahí encontré a Zaida, un ángel ciclista disfrazado de una mujer voluntaria de Paseo a ciegas, a quien le encanta hacer ejercicio, pero lo disfruta aún más en compañía de personas invidentes que sólo pueden pedalear con un guia como ella.

Platicando con ella, confesó que una de sus pasiones es andar en bicicleta, más "andar en bicicleta con ellos es lo que le da gran sentido a mi vida. El poder ayudar a las personas que no ves es una gran experiencia, porque en realidad ellos me dan mucho más de lo que yo les doy. Confían en mi, dejan su vida en mis manos, en mis piernas y en los pedales de la bicicleta que conduzco sin saber si van a caer, eso me llena de satisfacción y responsabilidad al mismo tiempo".

Al montar la bicicleta empieza la experiencia, porque con cada uno de ellos se vive una aventura diferente, “aprendo mucho cada domingo porque se amplía mi visión con todos estos seres maravillosos. Al compartirme sus vivencias me doy cuenta que mis problemas no son nada, que a veces no valoro lo que tengo y es ahí cuando me doy cuenta que soy afortunada y tengo mucho que agradecer.

La primera vez que Zaida llegó a paseo a ciegas tomó un taller de sensibilización para capacitarse como voluntaria: “Viví cuatro horas como viven los ciegos y resulta muy difícil, no me imagino toda una vida sin ver, me pregunto: ¿cómo pueden pararse de la cama, vestirte, bañarse o tomar un café sin ver?. Saliendo de ahí se ganaron mi admiración; son seres extraordinarios.”

Desde hace cinco años se levanta tempranito todos los domingos. Llueva, truene o relampaguee, se pone su ropa deportiva, se amarra bien las agujetas de los tennis, monta su bicicleta y sale entusiasta de su casa para llegar en punto de las diez de la mañana a Paseo de la Reforma, ahí se encuentra con Sophie.

Desde hace cinco años se levanta tempranito todos los domingos. Llueva, truene o relampaguee, se pone su ropa deportiva, se amarra bien las agujetas de los tennis, monta su bicicleta y sale entusiasta de su casa para llegar en punto de las diez de la mañana a Paseo de la Reforma, ahí se encuentra con Sophie.

Sophie, una niña promesa, desde que nació ha tenido que darle luz a su obscuridad y vaya que se lo ha tomado muy en serio, porque ella brilla con luz propia. Es invidente de nacimiento, pero a pesar de su condición, ella no conoce los límites; logra todo lo que se le propone, brinca la barrera de sus miedos, llega a la meta y sigue pedaleando. Su sueño es ser locutora, a sus 12 años ha ido a la radio, ha salido en televisión, ha hecho cine. Piensa que la vida es maravillosa, desde los tres años comenzó su gusto por la música: "había un teclado en mi casa y de pronto empecé a tocarlo, aún no entiendo cómo supe las notas musicales, pero descubrí los sonidos del teclado y desde ese momento no he soltado el piano" aparte de tocar el piano, canta, va a correr y anda en bicicleta, le gusta conocer gente nueva, convivir con ellos y aprender.

Zaida, también pedalea con Martha…

Martha es una guerrera invencible, vence todos los obstáculos. Ella vive con su madre y sus dos hijos. Cada sábado llega en punto de las 7:30 de la mañana a la estela de luz, calienta, hace estiramientos y se alista para correr ocho kilómetros, sube y baja tres veces al Castillo de Chapultepec y al regresar a reforma monta su bicicleta en compañía de Zaida o de algún otro voluntario de Paseo a Ciegas y pedalea sin parar hasta llegar a la Basílica de Guadalupe.

Corre medios maratones, gana medallas, practica yoga dos veces por semana, acaba de graduarse en la preparatoria abierta y se postuló en la UNAM para estudiar la carrera de psicología. Por las tardes ofrece sus servicios a domicilio de masoterapia. Tiene un segundo trabajo en una empresa internacional como panelista sensorial, que consiste en degustar alimentos para mejorar los sabores como por ejemplo chicles de menta de Guatemala o chiles de La India, productos de Filipinas, de Argentina, de México, a veces Martha prueba sabores muy dulces, otras veces muy amargos, no sólo en la comida, sino también a experimentado estos sabores en su propia vida.

Enviudó hace dieciséis años, su esposo la dejó con deudas que poco a poco tuvo que pagar. Vive con su madre, sus hermanas y sus dos hijos; el menor tiene veinte años, el mayor tiene veinticuatro. Desde hace treinta años Martha padece un problema reumático, comenzó a tomar un tratamiento, el cual la dejó ciega hace diez años y desde ese momento tuvo que comenzar de cero sin el apoyo de su madre, ni de sus hijos. “Mi madre siempre ha sido muy sumisa, aguantó todo lo que mi padre le hacía. Mi padre era alcohólico, era golpeador, nunca hizo nada por ella, lamentablemente ella sigue en una zona de confort. Cuando perdí la vista le pedí apoyo para inscribirme a la Escuela Nacional para ciegos, pero me lo negó. Me di cuenta que no podía depender de la gente, que tenía que moverme sola para salir adelante, una prima me ayudó un mes, una amiga me ayudó otro par de meses… (llanto) Uff esa parte de mi vida me pegó mucho y aún me duele un poco, pero no me he dejado vencer; aún cuando mi madre me dice NO, yo digo SI.”

Se metió a estudiar en la Escuela Nacional para ciegos para adaptarse a su nueva vida, ahí fue donde estudió tres años la carrera técnica en Masoterapia y brindó un servicio social por ocho meses en el Hospital Rubén Leñero, trabajaba de nueve a dos de la tarde de lunes a viernes. “No todo es malo, la ceguera me ha ayudado a desarrollar aún más mis otros sentidos, ahora se escuchar, percibo mejor los aromas, desarrollé más mi sentido del gusto, aprendí a leer y escribir braile, tuve que aprender a lavar, planchar, cocinar y hacer mi vida cotidiana, como antes, pero ahora sin ver”.

Al principio Martha renegó, maldijo, se quejó, pero ahora comprende que Dios es su fuerza, que él la acompaña todos los días y sólo le ha puesto pruebas para medir su resistencia. Cada vez se pone metas más grandes, pero no imposibles. Todas las mañanas se despierta con una actitud positiva para ser mejor persona. Ahora su ilusión es terminar la carrera de psicología en la UNAM, quizá no para ejercer profesionalmente, sino para ayudar desinteresadamente.

Revista Encuentros agradece a Zaida Bernal, Sophie Castro, Martha López Vertiz y Paseo a Ciegas por confiarnos su testimonio.

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